"Por la iconografía y por los daguerrotipos que andan por ahí, no digamos que abundantes pero sí fidedignos, cualquiera puede verificar como era Juana Manuela Gorriti. Escueta de pechuga, olivácea de epidermis, algo cejijunta, profusa en puntillas (a la moda de su tiempo, ubicado en la segunda mitad del siglo XIX) y capaz de mirar con ojos intensos si se le daba la oportunidad".
En este libro la escritora y gourmandisse argentina recopila de sus amigas las recetas que le hacían llegar desde todas partes del país y del extranjero. La organizadora de este libro -a quien Martha Mercader en su novela llamó Juanamanuela mucha mujer- esto escribe al comenzar su prólogo:

"El hogar es el santuario doméstico; su ara es el fogón; su sacerdotisa y guardián natural, la mujer. Ella, sólo ella, sabe inventar esas cosas exquisitas, que hacen de la mesa un encanto, y que dictaron a Brantôme el consejo dado a la princesa, que le peguntaba cómo haría para sujetar a su esposo al lado suyo:
-Asidlo por la boca.-"
De las doscientos y tantas recetas del libro, para este blog me quedo con una que desde Metan (Salta) la señora Deidamia Sierra de Torrens le enviara a J.M. Gorriti; la elegí porque está íntimamente ligada a nuestra historia.
DORADO A LA SAN MARTÍN
"Diz que allá, cuando este héroe, en su gloriosa odisea, cabalgaba por los pagos vecino al Pasage, un día, al salir de Metan, pronto a partir, y ya con el pie en el estribo, rehusaba el almuerzo que, servido, le presentaban, llegó un pescador trayéndole el obsequio de un hermoso dorado; tan hermoso, que el adusto guerrero le dio una sonrisa.
Alentados con ella sus huéspedes:
-Ah! señor!- exclamaban, alternativamente.
-Siquiera estos huevos.
-Siquiera esta carne fría en picadillo!
-Siquiera estas aceitunas!
-Siquiera estas nueces!-
San Martín se volvió hacia sus dos asistentes:
-Al vientre del pescado- dijo -todas esas excelentes cosas , y en marcha!-
Dijo y partió a galope.
Escamado, abierto, vacío y limpio en un amén el hermoso dorado, fue relleno con el picadillo, los huevos duros en rebanadas, las aceitunas y las nueces, peladas y molidas. Cerrado el vientre con una costura, envuelto en un blanquísimo mantel, fue entregado a los dos asistentes, que a carrera tendida partieron, y adelantando al general, llegaron a la siguiente etapa, donde el famoso dorado fue puesto al horno, y asado, y calentito lo aguardaban para serle servido en la comida. En su sobriedad, San Martín quiso que ésta se limitara al pescado y su relleno."

No hay comentarios:
Publicar un comentario